Razonamiento jurídico penal como presidio discursivo

Sé que pienso, planteo y por lo tanto escribo mal, por eso diré de inmediato lo que quiero plantear en esta ocasión; creo que de alguna manera el razonamiento jurídico penal limita, atonta, reduce, mecaniza e institucionaliza nuestras ideas. Las encierra, tal y cual como lo hace con nuestros cuerpos en ese momento en que se expresa totalmente. Ese momento en que los entes represivos (sean pacos o ciudadanos) nos detienen. Cuando el ente persecutor (esos Batman de corbata; los fiscales) nos acusan. Cuando la defensa no es suficiente. Cuando el juez condena y cuando el poder ejecuta.

Y en ése encierro (repito, creo), estas se debilitan. La tontera las supera y termina por anular cualquier capacidad crítica, destructiva y/o modificatoria que estas puedan tener.

Generalmente, muy generalmente, tan generalmente que llega a ser valioso encontrar las excepciones, las discusiones jurídicas sobre materia penal, o las discusiones penales en términos jurídicos, pueden llegar a ver cómo una barrera de determinismo moral enclaustra los argumentos que en ellas se esgrimen y que tristemente se plantean con creatividades retóricas tan sutiles que llegan a ser valientes, y ridículas;  “¿Pero, si esto que ellos dicen lo ocupamos en su contra?”

Ya se me hace difícil pensar en un penalista como un ladrón. Como un asesino, como un violador. Como alguien que no poseyendo su título profesional intente lucrar a partir del ejercicio que dicha actividad le reportaría de tenerlo. Como alguien que pretenda obtener resoluciones de la autoridad pública a través del miedo que sus actos generan en la población. Como alguien que ofenda la bandera nacional. Como alguien que se detiene frente a un árbol del Parque Forestal, baja el cierre de su oscuro y jurídico pantalón para orinar frente a él, y luego, camine tambaleándose de borracho, tal cual como lo haría su corbata al viento luciendo el brillo que genera el ridículo prestigio asumido del que gozan los profesionales del Derecho (los mecánicos del poder).

En otras palabras, me refiero a que el criterio que la discusión jurídica utiliza como parámetro moral es meramente normativo, sea iusnaturalista, sea positivista. Según los primeros, es inmoral (malo, feo, oscuro, flaite, roto, etc) matar porque quizás qué argumento metafísico tiene; lo pudo haber dicho ese hombre cuya presencia domina estas fechas (ese Jesús de la semana santa), o quizás también porque según determinada pretensión de la sociología como ciencia aparezca en un estudio que todas las sociedades han prohibido al sus miembros semejante conducta. El segundo argumento, claro, sería más bien positivista. En fin, positivista o no, deductivo o inductivo, el criterio sigue siendo normativo.

Una y otra vez vuelven a invocar normas para intentar explicar el repudio a la conducta. Siguen y siguen citando los mismos tipos penales. Algunos, con mayor glamour pero igual limitación citarán no solo el artículo que tipifica el robo en chile*. Se remitirán al “Derecho Comparado”. Lo que implica que harán lo mismo pero con las normas de otros países. Así como diciendo “oye, eso está penado en chile, en argentina, en Brasil, en Alemania (aquí los penalistas lloran de emoción) y en España”

Creo que tan patética situación puede explicarse por la triste asunción del contractualismo político. Es solo en ésa sumisión de ideas en que al estado se le atribuyen ciertos deberes. Lo que se explica por esa inexplicable delegación que cada ser humano ha hecho de su poder.

No es casualidad que la sentencia en contra de aquellos condenados a argumentar con la tristeza retratada en esta columna haya sido dictada en una fecha bastante cercana a aquella en que la ridícula pero poderosa noción contractualista del orden social haya madurado; 1767. J.M Sevan, en un discurso sobre la administración de justicia criminal ya dijo;

Cuando haya formado así la cadena de ideas en la cabeza de sus ciudadanos, podrán entonces jactarse de conducirlos y de ser sus amos. Un déspota imbécil puede obligar a sus esclavos con unas cadenas de hierro, pero un verdadero político ata mucho más fuertemente por la cadena de sus propias ideas. Sujeta el primer cabo fijo de la razón; lazo tanto más fuerte cuanto que ignoramos su textura y lo creemos obra nuestra; la desesperación y el tiempo destruyen los vínculos de hierro y de acero, pero no pueden nada contra la unión habitual de las ideas, no hacen sino estrecharla más; y sobre las flojas fibras del cerebro se asienta la base inquebrantable de los imperios más sólidos.”

1 Comentario
  1. base babes 11 meses

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