Llega algo peor que la prisionalización

Si hasta a fecha los penalistas ya no podían compatibilizar la aparentemente digna teoría prevencionista con una noción básica de dignidad humana, ahora, con la modalidad de brazalete electrónico el asunto se pone peor.

En efecto, hasta ahora nadie ha podido explicar, con dignidad argumentativa, cómo una democracia, respetuosa de la noción -al menos kantiana- de que el ser humano resulta un fin en sí mismo, puede ocuparlo, a su vez, como un medio. Un medio para decirle al resto de la comunidad que la normativa mantiene su vigencia, o, también, para, a través del castigo, motivar a mantener dicha vigencia (prevención general positiva).

La contradicción es evidente.

Además, es conocida la situación carcelaria. El nivel de hacinamiento y las condiciones mismas de insalubridad, las denunciadas respecto del trato de gendarmería, y la existencia de cárceles dentro de cárceles (módulos de alta seguridad), y esto, vinculado a la remisión que la ley penal hace a disposiciones meramente administrativas (y no legales) en la ejecución de las sentencias hacían ver al sistema penitenciario chileno como un sistema indignante implementado de hecho.

Pero claro, siempre puede ser peor.

En este orden de ideas, o más bien, en esta historia de medidas de altísima naturaleza represiva (tan así que, de hecho, desconoce derechos fundamentales) sin justificación dogmática (es cuestión de acudir a las discusiones universitarias en una clase de derecho penal y ver la ridícula inconsistencia argumentativa de quiénes a favor de estas teorías exponen), llega el brazalete electrónico. ¿Donde ubicamos a esta medida? ¿Cuáles serán los argumentos criminológicos y fines de tan indignante modalidad?

Yo veo, por ahora, que la cuestión podría ser bastante útil para la prevención especial. En el sentido de inmediato control. Y claro, por extensión, a la prevención general, materializándose así una integración de ambas finalidades (Roxin debería estar llorando de felicidad). Pero claro, evidentemente, todo lo dicho contra estas teorías es aplicable a esta medida, de manera combinada y, por lo tanto, con una doble intensidad, tendiente, en consecuencia, a desechar el planteamiento de manera mucho más directa.

La medida es en sí indignante. Un cuerpo vivo que camina controlado por un dispositivo que se ha adherido a su cuerpo se asemeja más a un perro que a un sujeto de derechos de naturaleza humana. (Ya me imagino a toda una jauría caminando por las calles)

Finalmente, para que no crean que solo especulo sobre los propósitos a lograr con esta reforma (que en rigor… lo es, porque plantea una nueva forma de hacer efectivas todas las ridiculeces ya asumidas por el sistema penal), puede citarse lo expuesto en la columna anterior de esta área, lo dice directamente; ” La libertad vigilada intensiva, por su parte, comprende un programa de actividades dedicado a la reinserción personal, comunitaria y laboral del condenado, bajo orientación directa de un delegado.”

Re-planteamiento de las tristes elaboraciones dogmáticas de reinserción. Se materializa así la noción de que lo peor de la idiotez no es la idiotez misma, sino su voluntad de seguir siendo idiota.

Vuelven los prevencionistas, y vuelven porque no les bastó hacer de los delincuentes un medio y algo indigno. Harán de ellos ahora animales, unos perros con collares que pasean por calles vigiladas. Si antes se podía hablar de inhumanización (por la pena privativa de libertad), o también de prisionalización (por lo que implica vivir privado de libertad), ahora podremos hablar de animalización. O de animality, por si algún lector jugó alguna vez Mortal Kombat. Pero claro, aquí quien lo pronuncia no es un ser inexistente (Shao Khan), aquí lo dice el Estado y todo su poder punitivo.

 

Pablo Rojas

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