La violencia de un lado a otro.

Es un hecho. Las teorías preventivas ya no pueden ser tratadas con respeto. No tienen dignidad científica, ni menos aún justificación política. En un debate, por lo tanto, quien las esgrime no puede ser tratado como un interlocutor válido.

No obstante lo anterior, olvidando que actualmente la institucionalidad sitúa su base en su deber de respeto hacia los derechos esenciales que emanan de la naturaleza humana, es posible constatar personas que siguen justificando la utilización de una persona como un medio. Como buzón de mensaje. Como frecuencia de radio. Como símbolo. Como algo sobre lo cual recae el ejercicio del poder punitivo. Como una cosa útil. Generalmente, el delincuente sirve para enseñarle al bueno ciudadano qué le pasará si pasa a ser un mal ciudadano. Qué ocurrirá con su libertad si se pasa hacia el lado de los comportamientos desviados. Si es un peligro para la sociedad, para la víctima, y un obstáculo para una investigación.

Es así como es fácil percibir la amorosa relación que la praxis del ente persecutor tiene con los medios de comunicación masiva, y lo que ello significa para la praxis ciudadana común. Aquella no familiarizada con el sistema judicial. Aquella que, como muchos fiscales, desconoce la presunción de inocencia.

Porque claro, es fácil también imaginar que no siendo el debate estrictamente penal un debate en el cual este discurso de justificación tenga lugar, busque para sí comida, apoyo, asistencia y feligreses en quienes pueden aceptarlo sin cuestionar. Es en la ignorancia donde cobra su fuerza. No obstante lo anterior, puede encontrar lugar también en quienes de plano justifican ver a una persona como un medio, y no como un fin (medio útil al mensaje de validez de la norma, se entiende).

Lo interesante es ver cómo hasta estas lecturas son auto engañosas, porque no obstante haberlo escrito recién, siento ya la impresión de haberme equivocado…respecto de la ignorancia, y del error.

Las detenciones ciudadanas sirven de ejemplo. Los niveles de violencia son proporcionales a la sensación de repudio que determinadas conductas provocan. Las más conocidas, robo y violación.

Basta con consultar algunos registros en youtube para ver cómo los buenos se encargan de los malos. Cómo estos ejercen su idea de justicia sobre aquéllos. No digo que esté mal. Dado que, de todos modos, la idea de justicia admite una lectura por sujeto. Caso a caso, obvio. En ése sentido, es justicia que 5 golpeen a uno hasta verlo sangrar, y tal vez más. Es justo que la ciudadanía ataque a quien le roba a los ciudadanos. Quienes no saben robar en las calles, quienes no saben ser sujeto activo de un robo con violencia deben ya saberlo. Un celular robado puede valer lo mismo que unos dientes menos. Lo he visto.

¿Dónde está el error? El error, creo, está en ver como erradas estas conductas. En tacharlas de injustas. De violentas (eso no dice nada, cualquiera puede percibirlo así, hasta un paco). El error pasa por decir que golpear al ladrón no corresponde. Pasa por pensar que violar al violador es injusto.

Y es error por pretender universalizar la idea de justicia que actualmente está consagrada a nivel institucional. A nivel penal.

Lo que este sistema ofrece, frente a estas conductas, las delictuales más conocidas, violación y robo, es la privación de libertad. Es así como el Estado administra su idea de justicia. Es a través de la exclusión, del encierro, de la vigilancia, de las amenazas, de las jerarquías y de la penitencia que pretende dar a cada cual lo suyo. Al que roba no le corresponde lo robado, le corresponde un castigo; la cárcel. Al que viola lo mismo. No le corresponde un placer sexual coactivo. Le corresponde el encierro. Debe encerrarse a esta persona para que aprenda a vivir en libertad (aplausos para los pedagogos del castigo, por su absurdo).

En consecuencia, lo que estas personas hacen es sino realizar una idea de justicia que el sistema no reconoce. Es hacer realidad sus nociones acerca de retribución y castigo. Es tomar la justicia por sus propias manos sin mediar entidad superior e hipócritamente neutra alguna (Un tribunal). ¿Qué problema hay en que la justicia esté en la calle y no en una oficina?

Pero bien, si esa es su justicia, no están equivocados. Es su elección, no es su error, es su moral. Y desde su moral se desprende su conducta. Esta es la base de aquella.

Así, por lo tanto, mientras más golpeen a los delincuentes, más violencia acumularán en su contra. Es fácil imaginar que el resentimiento y los deseos de venganza aumenten en quienes son reprimidos por las instituciones y la ciudadanía. Es fácil también imaginar en la violenta salida que esta rabia y venganza reclamarán.

Pablo Rojas

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