La guerra de la democracia

Si hay algo que este ordenamiento jurídico no tolera, ese algo es el terrorismo. Particular forma de criminalidad tipificada en dictadura y perfeccionada en democracia. Creada por un gobierno fascista y endurecida por la administración de gobiernos socialistas. Los capitalistas, de todos modos, también ejecutan esta ley.

La penalidad que presenta es bastante histérica; severa, represiva y propia de una ideología de mano dura. Y es por esta, y muchas otras leyes más, pero muy especialmente esta, que podemos medir el índice de agresividad de un sistema como el chileno. Y si así medimos su índice de agresividad, medimos también su nivel de hipocresía. Y en este último caso, la hipocresía del sistema jurídico chileno alcanza niveles palpables. Niveles, por ejemplo, de protestas y manifestaciones callejeras, que llegan a parecer justificados por el solo hecho de constituir una respuesta ante una agresividad y violencia que resultan ser, precisamente, sistémicas.

Volvamos al terrorismo. Veamos cómo esta palabra amplifica a niveles democráticamente rabiosos la negatividad propia del concepto común de delincuencia. Veamos cómo es que las Bases de la Institucionalidad Chilena plantean que el terrorismo es, por esencia, contrario a los derechos humanos. Veamos cómo es que la ley que tipifica las conductas terroristas y fija su penalidad, en efecto, consagra tiempos de castigo morbosos (o ejemplificadores, para aquellos cerdos represores disponibles a aplicar leyes así).

Veamos cómo es que el terrorismo reclama a gritos y pataletas su urgente y peligrosa presencia en la reglamentación de un castigo anticipado como lo es la prisión preventiva. Cómo, en estas mismas reglas, es capaz de desvirtuar un principio que generalmente se ofrece como base de todo el proceso penal; la presunción de inocencia (¿cómo es que alguien está en la cárcel no existiendo una condena en su contra?).

Veamos, por último, como es que, como todo el derecho penal, sirve a la rancia farándula de la política de los medios de comunicación masiva. Cómo, desde ese rosado y podrido escenario, es capaz de crear y desvirtuar esa ensalada cuasi reflexiva que se conoce como opinión pública. Y cómo, esta ensalada cuasi reflexiva genera opiniones (si merecen ser conocidas por algo más que pataletas) que resultan hasta histórico-penalmente morbosas; vean, por ejemplo, cómo es que se sigue ocupando la noción de cadena perpetua; como si acaso esos siniestros encapuchados merecieren un grillete de acero y trabajos forzados de remodelación del palacio de la moneda y luego, quemar sus cuerpos, y reducidos ya a cenizas, arrojar estas al viento. Y así el viento transportar el mensaje de castigo.

Veamos, para terminar, cómo es que la idea de identidad normativa de la sociedad se hace cierta. Cómo es que esto se traduce en sociedades de control. Y cómo ellas son, en el fondo y hasta en su rancia superficie, sociedades carcelarias; no es solo la cárcel como institución visible lo carcelario de estas sociedades uniformadas y formalizadas. Lo carcelario, así, pasa a ser la naturaleza misma de estas democracias hipócritas.

Debe ser, entre otras cosas, una consecuencia de lo que muchas veces se conoce como desigualdad económica o mala distribución de ingresos. Debe ser eso un buen elemento a considerar para hablar luego en materia penal de algo tan severamente castigado como lo es el robo, ese delito que en muchos casos significa justicia.

 

Pablo Rojas

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