La Comunicación Política, el camino al Poder

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Autor: Gerardo Sanchez Granados.

24 de Agosto 2011


La actividad indudablemente más antigua e implícita al ser humano ha sido la política,  ya que desde el primer momento en que se comenzó a organizar la raza humana en pequeños grupos y se comenzara a establecer relaciones de jerarquía entre ellos y relaciones de poder y supremacía con otros grupos similares y se tomaban decisiones ya sea en una asamblea o por el más anciano de la tribu; sin embargo como ámbito de estudió no fue sino hasta el siglo V antes de Cristo en la ciudad griega de Atenas donde se comenzaron a formular los primeros conceptos de política y a profundizar en su estudio.  En este sentido, Aristóteles afirmaba que el “Hombre era un animal político por excelencia” y que “el fin de la política no era el vivir sino el vivir bien”.

De ahí que numerosos pensadores comenzaron a establecer distintos conceptos de política, Norberto Bobbio respecto de la política y sus fines, menciona que:

“La única cosa que puede decirse es que si el poder político es, debido al monopolio de la fuerza, el poder supremo en un determinado grupo social, los fines que persiguen a través de la obra de los políticos son los fines que un determinado grupo social (o clase dominante de ese grupo social) considera todavía más pertinentes”[1].

Y continúa con la aseveración de que: “Los fines de la política son tantos como tantas son las metas que un grupo organizado se propone, según los tiempos y las circunstancias.  Sobre todo es lícito hablar del orden como fin mínimo de la política, porque éste es o debería ser, el resultado directo de la organización del poder coactivo, porque, en otras palabras, este fin (el orden) se unifica con el medio (el uso de la fuerza)”.[2]

Por lo tanto para Bobbio, la política es “Aquella forma de poder que no tiene otro fin más que el poder mismo (por lo cual el poder es al mismo tiempo medio y fin o, como se dice, fin en si mismo).  Por otro lado, para el maestro Javier Hurtado la política es “una actividad (arte u oficio) que tiene como objetivo la construcción de consensos sociales para la consecución de bienes públicos; así mismo dentro de la política se expresan valores, entendidos como una forma de interpretar la vida.”

De esta manera podemos formular que “la política es una disciplina por la cual diversos grupos antagónicos interactúan con el fin de establecer un consenso o punto de acuerdo (estabilidad) que les permita a través del orden y la justicia crear un estado de bienestar y en muchos casos, ver reflejado su interés colectivo en el aparato gubernamental”.

Por otro lado, el concepto de comunicación también tiene sus antecedentes en la antigua Grecia en donde Aristóteles preocupado por los problemas de comunicación decide investigar más a fondo.  En nuestros días, podemos entender que “La comunicación es un campo de estudio dentro de las ciencias sociales que trata de explicar cómo se realizan los intercambios comunicativos y cómo estos intercambios afectan a la sociedad y comunicación. Es decir, investiga el conjunto de principios, conceptos y regularidades que sirven de base al estudio de la comunicación como proceso social.” 

En pocas palabras, y en una breve definición personal, la comunicación “Es un proceso entre dos entes (sujetos), un emisor y un receptor, en donde el emisor emite una transmisión de un mensaje o la transmisión de información y produce un mensaje en el receptor”.

Pero ¿cuál es la relación entre la comunicación y la política?  Fundamentalmente porque la comunicación es un canal por el cual los diferentes actores involucrados en la política pueden llevar a cabo sus actividades.  Sin los procesos comunicacionales, la política prácticamente no existiría, ya que para trasmitir un mensaje tiene que existir un grupo que sea capaz de recibir dicho mensaje.  Así mismo se acuñó el término de comunicación política, que se encarga de traducir la importancia de la comunicación en la política.

La comunicación política según Dominique Wolton es “El espacio en que se intercambian los discursos contradictorios de los tres actores que tienen legitimidad para expresarse públicamente sobre política, y que son los políticos, los periodistas y la opinión pública a través de los sondeos”.

Este término tomó mayor fuerza con el surgimiento del nazismo y la gran difusión de la propaganda en ese tiempo, bajo este tenor, se ha mal entendido la esencia misma de la comunicación política ya que no es sólo un espacio de intercambio de discursos, sino también, y quizá otro tanto, un espacio de confrontación de lógica y de preocupaciones diferentes.  Cabe señalar que la política sigue usando un lenguaje ruinoso, y condena a los ciudadanos a ser como ciegos con cortos bastones blancos, que acompañan su paso golpeando aceras que no van a ninguna parte, contemplando fachadas –las palabras de los políticos- tras las cuales se adivina la nada[3].  De ahí la importancia de la comunicación política que se encarga de no sólo dar cabida a los discursos de los políticos, sino a las distintas voces interesadas en la res pública. 

Es necesario mencionar las principales diferencias que existen entre mercadotecnia y comunicación.  La comunicación como hemos visto es el proceso en el cual a través de un canal el emisor trata de transmitir y hacer llegar un mensaje a su emisor.  En ese sentido la mercadotecnia se convertiría solamente en el medio para hacer llegar ese mensaje.  A través de la propaganda, por ejemplo.  Así mismo, la mercadotecnia nos sirve para “vender” algo que queremos comunicar, “vender una idea”, un candidato, una propuesta, sin duda alguna, la mercadotecnia como canal transmisor de un mensaje tiene grandes efectos en quien lo recibe.  Por ejemplo, para conjurar el riesgo de la apatía o de la indiferencia del electorado, los políticos ponen en escena los juegos de la dramatización teatral –diferencias notorias, creación del adversario, crispación calculada y catástrofe inminente-, y los juegos del arcaísmo mediático –el juego de las categorías humanas, o el decreto de la simpatía mediática, el juego de los sentimientos y el juego del humor-, que consiguen hacer más atractiva una campaña que, de no ser por estos recursos, podría convertirse en un sórdido y solitario ejercicio de las elites, con el desenlace de una abstención alarmante.  La comunicación electoral empieza a parecerse a un juego de disfraces, con juegos como el naufragio de los valores, el travestismo de los valores y el de los intereses generales.[4]

En la comunicación política intervienen principalmente tres actores: los medios de comunicación, la clase política y la opinión pública.  En cuanto a los medios de comunicación es necesario recordar que ellos dicen conocer la realidad, lo cual nos permite afirmar dos cosas: la primera, que la realidad son los medios de comunicación; la segunda, que lo que llamamos realidad es el resultado de la comunicación.  Bajo esta perspectiva los periodistas, necesitan de la legitimidad que esté vinculada con la información, que tenga una categoría evidentemente frágil, puesto que se trata de un valor, por cierto fundamental, pero deformable, que permite que se relaten los acontecimientos y se ejerza cierto derecho de crítica.

Por su parte, los políticos en la comunicación política entran en un juego de lenguaje, ya que con el lenguaje con el que se cruzan ataques los líderes políticos es un recurso necesario para las luchas semánticas que protagonizan las élites.  En esas luchas semánticas, cada uno esgrime las armas que mejor maneja, esto es, las palabras que podrá arrojar sobre el adversario y las que dibujarán en términos positivos su imagen y su oferte política.  En definitiva, más que conflictos reales, nos encontramos ante un conflicto de discurso, escaramuzas semánticas con las que los políticos se ponen en el mercado –titulares, informativos radiofónicos, telediarios- y, de esta manera conquistan la atención de las audiencias.[5]

En cuanto a la opinión pública es necesario comentar que denota, en primera instancia, un público interesado en la cosa pública.  El público en cuestión es, sobre todo, un público de ciudadanos, un público que tiene opinión sobre la gestión de los asuntos públicos y, por lo tanto, sobre los asuntos de la ciudad política.  Por lo tanto, se dice que una opinión es pública no sólo porque es del público (difundida entre muchos) sino también porque implica objetos y materias que son de naturaleza pública: el interés general, el bien común y, en sustancia, la res pública.  Y es capaz de incidir en la toma de decisiones de la clase gobernante y valorizar la información proporcionada por los medios de comunicación.

En las modernas democracias, el político satisface su ambición de poder conquistando voluntades ajenas –no hace otra cosa cuando solicita el voto de los ciudadanos- y, construye su destino en el mundo de las instituciones y en el escalafón de los cargos públicos optimizando todos los recursos de la comunicación.[6]  Como lo menciona Ernst Cassier: “El político moderno ha tenido que aunar en sí mismo dos funciones completamente distintas y hasta incompatibles.  Tiene que actuar a la vez como homo magus y como homo faber.  Es el sacerdote de una religión nueva, enteramente irracional y misteriosa.  Pero cuando tiene que defender y propagar esa religión, procede muy metódicamente.  No deja nada al azar.  Cada paso lo prepara y premedita cuidadosamente.  Esa extraña combinación constituye uno de los rasgos más notables de nuestros mitos políticos”.

Así al ser la comunicación política un proceso indispensable para el espacio político contemporáneo, logrando permitir la confrontación de los discursos políticos característico de la política: la ideología y la acción para los políticos, la información para los periodistas, la comunicación para la opinión pública y los sondeos; en la actualidad uno de sus grandes desafíos es la legitimidad de los actores que interactúan en este proceso comunicacional. Estos tres discursos están en permanente tensión, pues cada uno de ellos guarda una parte de la legitimidad política democrática y puede pretender interpretar la realidad política del momento excluyendo al otro.

¿Y si hablara para no decir nada, pero absolutamente nada?

Samuel Beckett


Bibliografía

BOBBIO, Norberto. Diccionario de Política. 1982. Siglo Veintiuno.

DEL REY, Javier Morató.  La Comunicación Política.  El mito de las Izquierdas y Derechas. 1989.  Anzos.  España.

DEL REY, Javier Morató. Los Juegos de los Políticos. Teoría General de la Información y Comunicación Política. 1997. Tecnos.  España.

PAOLI, Antoni.  La Lingüística en Gramsci.  Teoría de la Comunicación Política. 2002. Coyoacán.  México, Distrito Federal. 

[1] BOBBIO, Norberto. Diccionario de Política. 1982. p. 1245.

[2] Ibíd. p. 1247.

[3] DEL REY, Javier Morató. Los Juegos de los Políticos. Teoría General de la Información y Comunicación Política. 1997. p. 21.

[4] Ibíd. p. 24.

[5] Ibíd. p. 23.

[6] Ibíd. p. 18.

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