Internet y libertad de expresión.

Hace bastante tiempo que ya se ha desatado una aguda polémica en torno a libertad de expresión en el mundo virtual. Y es que la red da para todo, los casos más recientes como las burlas a personas con sobrepeso, o la reacción en redes sociales por aquellas frases “fuera de contexto” relativas a las trabajadoras de casa particular o sin ir más lejos, a participantes de programas de tv con tendencias homosexuales,  han generado verdaderas bolas de nieve que sirven de plataforma -anónima y a veces no tanto- para las opiniones más iracundas y viscerales de quienes reaccionan ante tales expresiones.

Muchas veces, la reacción misma es peor y exponencialmente agresiva, y nadie se salva.

Desde la parodia al insulto, los principales blancos son las autoridades políticas, artistas y deportistas, y cada vez más gente común y corriente que de victimarios, en principio, pasan a ser víctimas de una masa sedienta de venganza. Pasa entonces que cuando hay un abuso de dicha libertad, aparecen los temidos vientos inquisitoriales, que buscan las fórmulas más eficaces para frenar esos impulsos “antisociales” en nombre de otro derecho fundamental, el honor o el buen nombre, principalmente invocando la gran maquinaria punitiva del Estado. Si se encarnan dichas pulsiones en instituciones, leyes y creación de nuevos medios de control, ya no basta con cuidarse de hacer algo prohibido sino que, además, hay que cuidarse de lo que se dice y cómo se dice.

Indefectiblemente, florece la autocensura, el predominio de la opinión políticamente correcta, y al final del día la hipocresía, puerta de entrada al reino de las apariencias.

¿Debe haber más control más allá de la posibilidad de la protección ya establecida a través de, por ejemplo, la figura de injurias y/calumnias?

Pienso que no, y por ningún motivo. Sí acuerdo en que estamos frente a fenómenos dignos de estudio, y que por la misma razón deben dejarse fluir sin dejar de ser observados, ya que los medios masivos son un diáfano espejo de cómo estamos “siendo” en esta  sociedad global. Siglo XXI y aún le tememos al extraño, al diferente, como si fuera algo totalmente ajeno a nosotros mismos. Ya no le vendemos ni esclavizamos, ni lo lanzamos espartanamente por el precipicio; pero sí le encerramos, le castigamos, no le damos trabajo, no le permitimos entrar a nuestra familia, o sencillamente le ignoramos. Así las cosas, la solución fundamental no es control, ya que de otro modo, y siendo coherente, tendríamos que mantener vigilancia hasta en nuestro espacio más íntimo.

Lo anterior, no por un amor patológico por todo lo que se vista de libertario, sino porque el derecho a la libertad de expresión es un instrumento para la libre transmisión de las ideas en un plano donde exista verdadera posibilidad de disenso. Nuestra tarea entonces es trabajar en el diseño de estructuras sociales que positivamente impulsen el respeto mutuo, la tolerancia y la igualdad. Sólo así se asegura una verdadera democracia.

 

Soledad Avilez Decap

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