Importando energía para contaminar.

¿Es Chile un país rico en gas y petróleo? ¿Está resultando poco eficiente demandar una energía que no existe en nuestros suelos? ¿Ha tenido repercusiones tanto a nivel económico, como social y político? Muchas de estas preguntas buscan ser escabullidas o lisa y llanamente silenciadas, en medio de una incertidumbre constante acerca de los desafíos energéticos y para donde debemos concentrar nuestros esfuerzos.

Primero que nada, debemos partir de la base que nuestra matriz energética es invasiva y contaminante. Más del 60% proviene de las termoeléctricas. Esas mismas que humean día y noche y contribuyen al aumento vertiginoso de las emisiones de gases efecto invernadero. Por algo estamos siendo no tan solo líderes en índices macroeconómicos, sino también en contaminación, ya que Chile en el último tiempo se encuentra entre los 5 países donde ha existido un mayor aumento de emisión de CO2 proporcionalmente a su población, lo cual es claramente una pésima noticia.

Pero los pseudo expertos y especialmente gente ligada al mundo empresarial, al tener tribuna para dirigirse al país y amedrentar, nos indican que el progreso del país se puede ver entorpecido si se siguen judicializando los proyectos energéticos, o peor aún, si siguen proliferando comunidades alienadas, los inversionistas la pensarán 2 veces en caso de querer llevar a cabo un proyecto ambicioso, ya que los capitales no pueden estar cimentándose en un lugar agrietado, con protestas, rencillas a nivel comunal, o con un gobierno incapaz de contrarrestar aquellas agitaciones.

Todo ese miedo que buscan inculcarnos, endosándonos una culpa inexistente; como si nosotros fuéramos los que demandamos mayor cantidad de energía, hace que algunos más exitistas terminen por darse vuelta la chaqueta, ya que creen que si bien es sabido que habrá un aumento de la contaminación, el crecimiento económico es algo primordial y no se puede transar con ello.

Como la lógica de quienes detentan el poder como de los que tienen el capital, es maximizar las ganancias y aparentar ser eficientes, ambos coinciden que las plantas termoeléctricas cumplirían con lo anterior, ya que la inversión inicial no es tan alta, no se necesita a diferencia de las fuentes alternativas un territorio basto para su funcionamiento, se obtienen ganancias en el corto, mediano y largo plazo y los incumplimientos normativos pueden ser sopesados con dinero (pagar multas).

Existen diversos tipos de termoeléctricas. Las hay en base a gas natural, petróleo diésel, petcoke (residuo sólido de petróleo) y  carbón. Para ello cabe preguntarse ¿Tenemos yacimientos de gas natural o petróleo? En lo absoluto. Nos vemos obligados a importar tales fuentes, sabiendo que sus precios han estado en constante alza. Eso nos obliga a depender de agentes externos y suplicar clemencia, ya que lo vivido con Argentina con el gas natural años atrás es algo bochornoso. Ni hablar del aumento del valor del barril de petróleo, donde el panorama no se ve alentador, ya que los yacimientos escasean y poder obtener oro negro se hace cada vez más difícil. Sobre el carbón, claro que existe en Chile. Pero la gran mayoría es de baja ley. Prueba de ello es la Mina Invierno en Isla Riesco. Y eso hace que se necesite una mayor cantidad de carbón para hacer funcionar una termoeléctrica ya que su poder calórico es menor que uno de alta ley. Con este panorama desolador surge otra interrogante ¿Dónde está la eficiencia que tanto pregonan los pseudo expertos? Dudo que sea eficiente tener que recurrir y depender de terceros para el funcionamiento de una planta contaminante. Si bien existen nuevas tecnologías y la propuesta de la reciente planta aprobada Punta Alcalde es incorporar nuevos métodos para garantizar cierta seguridad en la manipulación del carbón, aminorar la emisión de gases tóxicos en la atmósfera, enfriar las aguas que serán posteriormente vertidas al mar, etc. no podrá revertir los niveles de contaminación ya existentes. Como lo han señalado ONGs relativas al tema medioambiental, puede que aquella planta mejore los estándares y es algo positivo. Pero es imposible que aquella planta disminuya la contaminación, debido a que por muy mínima que sea la emisión de CO2 igual habrá. Aquí no se está creando una planta para procesar el CO2 y descomponerlo. No se está favoreciendo a las condiciones actuales. Solamente se está sometiendo a una mayor rigurosidad, pero que no va a lograr enmendar lo que han hecho sus pares termoeléctricas.

Muchas veces el análisis que se hace sobre los costos es algo ambiguo y vago. Puede sonar severo y crítico pero no permite decirlo con otras palabras. No se considera el gasto para transportar el gas o el carbón hacia la planta termoeléctrica. En el caso del carbón, se debe tener un puerto habilitado para la descarga de minerales. En el caso del gas hay que tener un ducto de gran extensión que transporte el gas de un punto a otro. Todo eso implica un costo monetario, pero también de tiempo. Sobre este último, también dependerá de las relaciones bilaterales con un país vecino, ya que perfectamente pueden cerrar la llave como ocurrió anteriormente. Tampoco se habla mucho sobre el costo ambiental, económico a nivel local y social. Estos 3 se encuentran ligados entre sí, debido a que el impacto al medio ambiente repercute directamente en la actividad económica de los pobladores. En el caso de una termoeléctrica, la pesca artesanal se ve afectada, como también el turismo. La muerte de peces por el aumento de las temperaturas o por la incorrecta manipulación de sustancias toxicas que se descargan directamente al mar es pan de cada día. En cuanto al turismo, dudo que sea atractivo tener de paisaje una chimenea gigante, la techumbre de las casas con hollín, una playa con aguas turbias o saber que la población local comúnmente va a los centros asistenciales por problemas respiratorios. También en el marco de lo económico, la devaluación de las casas y terrenos es evidente. No es lo mismo vivir en un sector sin una termoeléctrica, que con una a tus espaldas. Es complejo ofrecer y poder cautivar a alguien a que se venga a vivir a un sector así, sabiendo todo lo que conlleva. Todo esto me lleva a pensar que si se pone en la balanza: nuevos puestos de trabajo, buenas remuneraciones y alguna compensación económica vs empeoramiento de la calidad de vida, nuevas enfermedades de diversa índole, el estancamiento de la actividad económica local, la perdida de ciertas tradiciones y el éxodo masivo de las generaciones jóvenes, no hay un equilibrio ni una cierta equivalencia en los costos vs beneficios obtenidos. Y no es que sea negativo, ni busque aportillar porque si a este tipo de iniciativas. Solamente es un diagnostico superficial y ya denota más contras que pros.

Lo que ocurre en Mejillones, Ventanas y Coronel es el fiel reflejo de que el progreso no es para todos, y que las zonas de sacrificio son una realidad ni siquiera latente, sino saturada por la irresponsabilidad de quiénes lo permiten como de quiénes las llevan a cabo.

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