El Trastorno Mental Transitorio como causal de Inimputabilidad en Chile

  1. Concepto.

Con la llegada del Nuevo Régimen construido sobre las bases del Iluminismo, la humanización del derecho penal se concretó en el perfeccionamiento  del principio de culpabilidad y la imputabilidad  – entre otros principios y elementos- consagrándose en distintas legislaciones desde entonces causales de inimputabilidad que incluían perturbaciones transitorias de la conciencia.

El término trastorno mental transitorio tiene su origen en el Código Penal español de 1932. El jurista español Luis Jiménez de Asúa[1] jugó un rol importante en su redacción y propuso que, junto al enajenado que resultaba exento de responsabilidad criminal se encontrase también “el que se hallare en situación de inconsciencia”. Más aún, las denominaciones que ha recibido esta causal han sido diversas. En Argentina, Zaffaroni la ha denominado “perturbación de la conciencia”[2], Roxin en Alemania la ha llamado “trastorno profundo de la conciencia”[3]; en Chile algunos autores se refieren a ella como “privación total transitoria de la razón”[4].

La voz “estados profundos de inconsciencia” parece describir de mejor manera esta causal. Corresponde ella a una incapacidad temporal para comprender lo injusto del actuar y autodeterminarse conforme a esa comprensión, debido a una causa endógena o exógena[5], sea esta una enfermedad, perturbación, trastorno psicopatológico normal o anormal, o una intoxicación aguda del sujeto, de carácter profundo.

  1. Elementos.

Para llegar a un entendimiento más claro del trastorno mental transitorio, es necesario analizar una serie de elementos que lo configuran. Estos son: el carácter profundo del trastorno, el alcance de la voz conciencia y la exigencia o no de una base patológica en su configuración

  1. Carácter profundo del trastorno.

Tal carácter es uno de los requisitos esenciales. Existen perturbaciones de la conciencia que están dentro del rango de la “normalidad”, tales como el agotamiento, el sueño, o la excitación[6]. Más aún, tales situaciones solo deben ser consideradas para valorar la medida de la culpabilidad. Para que estemos ante esta causa, la perturbación debe ser de carácter profundo, sin llegar a producirse la inconsciencia del sujeto. Esto último es importante, ya que antes se exigía que los trastornos mentales abarcados por la perturbación de la conciencia hubieren producido en el agente una total supresión o aniquilación de la misma, lo cual no era un simple problema terminológico. El estado inconsciente del sujeto no corresponde a una fórmula de inimputabilidad, sino que estamos derechamente ante una ausencia de acto[7].Quien se encuentra en un estado total de inconsciencia no actúa. De esta forma,  está el sujeto al margen del derecho penal, en tanto el acto corresponde a la base de la estructura del delito, siendo el fundamento común del mismo sin consideración de su forma de aparición[8]. Una persona en estado de inconsciencia bien podrá llevar a cabo un movimiento corporal, o permanecer en quietud, pero tales comportamientos, debido a la voluntad faltante, no constituyen ni acciones ni omisiones.

Hoy en día se exige simplemente una perturbación profunda o de alto grado de la conciencia. Los modernos códigos penales siguen esta última tendencia, que  puede ser considerada de aceptación universal en nuestros días[9]. De hecho, en un momento, de todos los proyectos desaparece la voz inconsciencia, y es reemplazada por  el de “trastorno mental transitorio involuntario”, o por la “grave perturbación de la conciencia”, o “perturbación profunda de la conciencia”[10]

  1. La conciencia.

El termino conciencia juega un rol importante en la delimitación del trastorno mental transitorio[11]. Vicente Cabello describe tres categorías psicológicas de la conciencia: la “conciencia perceptiva o lúcida” relacionada con el conocimiento de los acontecimientos internos y externos, en cuya virtud percibimos correctamente y nos orientamos en el espacio. La “conciencia discriminativa” nos faculta para distinguir lo justo de lo injusto, lo bueno  de lo malo, la ilicitud de los hechos delictivos y sus consecuencias. La “conciencia moral” por último, como un tribunal instalado en el fuero interno al que rendimos cuenta de nuestros actos. Para la psicología moderna, esta se presenta como un estado clínico que abarca tanto la “consciencia lúcida” como la “conciencia discriminatoria”. La primera nos permite percibir adecuadamente y ubicarnos psíquicamente en el tiempo y el espacio. La segunda es la que nos permite internalizar pautas o valores y discriminar conforme a dicha internalización

Esto es realmente importante para determinar el alcance de la perturbación profunda de la conciencia. Desde la conciencia discriminatoria, podemos abrigar no sólo la perdida de razón de las funciones intelectivas del sujeto, sino también todo trastorno profundo que afecte otras dimensiones  de la psiquis, como la dimensión afectiva y volitiva. De este modo, extendemos el abanico de hipótesis contenidas dentro del trastorno mental transitorio.

  1. Patología y normalidad en la base del trastorno.

Otro punto interesante en relación esta causal de inimputabilidad, es la exigencia de una base patológica indispensable para su concurrencia. Algunos autores, lo mismos que proponían la necesidad de una perturbación total de la conciencia, exigían que tal aniquilamiento de la misma tuviese una base patológica, dejando fuera las perturbaciones normales de la conciencia como agotamiento, exceso de fatiga, sopor, acciones bajo hipnosis o en estados post-hipnóticos y sobre todo también determinadas formas de estado pasional. Por el contrario, otros autores como Roxin, incluyen dentro de esta causal sólo aquellos estados profundos de inconsciencia que no tenga una base patológica. Señala Roxin que con este concepto se designarían trastornos de la conciencia no patológicos, “psicológicamente normales”; el resto de los casos queda comprendido ya por los “trastornos psíquicos patológicos”[12]

Podemos decir que en la actualidad se admite de forma general los trastornos normales de la conciencia junto a perturbaciones de la misma con base u origen patológico[13]. De este modo, es posible encontrar dentro del trastorno mental transitorio episodios crepusculares con una base epiléptica, así como acciones realizadas bajo estado hipnótico o de extremo agotamiento que no responden a un origen patógeno. Hay autores que junto con incluir tanto perturbaciones normales como patológicas dentro del trastorno mental transitorio, tienden a no diferencias entre perturbaciones permanentes y transitorias, lo cual está condicionado por las fórmulas legales de consagración, que serán analizadas más adelantes. Así pues, Maurach señala que lo único importante es que el acto se cometa en un estado de inconsciencia, sin importar la causa ni duración de dicho estado[14]. Mezger también adelgaza la línea entre los estados permanentes de perturbación (enfermedades mentales en nuestra legislación) y el estado mental transitorio. Señala que el estado de perturbación de la conciencia puede consistir en un estado no morboso (fisiológico) o morboso (patológico) como un estado tóxico, o crepuscular epiléptico, pudiendo ser dichos estado de larga duración o transitorios[15]. En la misma línea se pronuncia Zaffaroni, señalando que toda vez que la perturbación de la conciencia debe ser preciada en el “momento del hecho”, poco importa su permanencia o transitoriedad; o su origen normal o morboso[16]. Zaffaroni aplica la “regla del hecho” para apreciar el trastorno profundo de la conciencia. Esta implica que debe valorarse la capacidad psíquica del sujeto en el momento de realizar la conducta, sin que interese el momento del resultado ni el momento previo. Esta teoría resulta interesante para abordar las acciones libres en la causa, problema que será  tratado más adelante en este trabajo. Más aún, debido a la fórmula legal que existe en nuestro país, las “perturbaciones de la conciencia” permanentes y transitorias están diferenciadas, como podremos ver más adelante.

  1. Hipótesis de trastorno mental transitorio.

Mezger, en su Tratado de Derecho Penal, elabora una larga lista de hipótesis que se contendrían dentro de la perturbación profunda de la conciencia. Considera dentro de ellos el sueño normal, los estados emocionales intensos, el sueño producido por la hipnosis, la estrechez de conciencia al ejecutar una orden post-hipnótica, el estado de somnolencia, la lipotimia, la embriaguez aguda, el estado patológico de embriaguez, otras perturbaciones de la conciencia determinadas por el alcohol u  otras sustancias tóxicas, depresiones de toda especie, delirios febriles, estados crepusculares con base histérica, epiléptica o esquizofrénica transitorios o de poca duración[17]. Debemos relacionar esto con los elementos desarrollados anteriormente, de forma de incluir dentro de las hipótesis sólo aquellos casos que impliquen una perturbación en verdad profunda, o trastornos mentales transitorios completos y no aquellos trastornos que caigan dentro del rango de la normalidad, denominados también trastornos mentales transitorio incompletos[18], todo esto sin llegar tampoco a exigir la inconsciencia del sujeto debido a las razones ya analizadas anteriormente.  De este modo, no podemos considerar una perturbación profunda de la conciencia de carácter transitorio el agotamiento y el sueño que sentimos al final del día producto del estrés o trabajo diario. Por el contrario si cumplen con los requisitos los estados crepusculares de base epiléptica, así como también los trastornos graves de la personalidad. Recordemos que dentro de las hipótesis de trastorno profundo de la conciencia podemos incluir hipótesis que tengan una base normal (fisiológica) o anormal (patológica).

Una hipótesis bien estudiada por la doctrina es la intoxicación. Aquí la perturbación psíquica tiene su origen en un estado tóxico, sea que este provenga endógenamente del cuerpo y sus procesos, sea que proceda exógenamente desde afuera[19]. Las intoxicaciones exógenas a raíz del consumo de alcohol, o cualquier otra clase de droga y estupefacientes, generan ricos problemas doctrinales. Este tema en específico será abordado en capítulos posteriores de este trabajo.

Caracterizado así el trastorno mental transitorio, analizaremos la forma en que ha sido acogido dentro de algunas legislaciones, haciendo especial hincapié en el caso chileno.

  1. Fórmulas adoptadas en el derecho comparado.
  2. España.

El Artículo 20 del Código Penal Español, en su numeral primero señala:

“Están exentos de responsabilidad criminal:

1º. El que al tiempo de cometer la infracción penal, a causa de cualquier  anomalía o alteración psíquica, no pueda comprender la ilicitud del hecho o  actuar conforme a esa comprensión.

El trastorno mental transitorio no eximirá de pena cuando hubiese sido provocado por el sujeto con el propósito de cometer el delito o hubiera previsto o debido prever su comisión.”

El trastorno mental transitorio en la legislación española no constituye una hipótesis diferente de cualquier anomalía alteración psíquica, sino un supuesto concreto de anomalía o alteración psíquica caracterizado por lo limitadobreve o esporádico de su duración[20]. Se puede observar en esta fórmula la tendencia a integrar en una misma disposición el trastorno mental o perturbación de la conciencia permanente y transitoria. La referencia que se hace a la transitoriedad en la segunda parte de la disposición legal tienen como único objetivo la consagración legal de las acciones libres en la causa, teoría que abordaremos más adelante, pero en ningún momento se pretende construir una causal de inimputabilidad distinta a la perturbación de la conciencia o trastorno mental permanente.

Se puede observar también que la concreta base etiológica que de origen a la perturbación es indiferente, pues a lo que apunta es a que el sujeto no pueda comprender la ilicitud del hecho o  actuar conforme a esa comprensión, es decir, que la conciencia se encuentre alterada, y específicamente la conciencia discriminatoria  a que nos referimos anteriormente. De este modo, el trastorno puede tener el carácter de anomalía psíquica o patológica; o bien de alteración fisiológica, esto es, que sin existir una base patológica en el sujeto y ante unos excepcionales y poderosos estímulos externos se produzca una alteración en la psique del mismo que dé lugar a los efectos psiconormativos de inimputabilidad legalmente previstos. Vemos que se opta por una fórmula de inimputabilidad que oscila entre la psicológica y la mixta.[21]

El tribunal supremo español en sentencia del 16 de abril de 1997 se ha caracterizado al trastorno mental transitorio en el siguiente sentido: “El trastorno mental transitorio afectante de modo hondo y notorio a la imputabilidad supone una perturbación de intensidad psíquica idéntica a la enajenación, si bien diferente por su temporal incidencia. Se estima que dicho trastorno, con fuerza para fundar la eximente, supone generalmente sobre una base morbosa o patológica, sin perjuicio de que en persona sin tara alguna sea posible la aparición de la indicada perturbación fugaz, una reacción vivencial anormal, tan enérgica y avasalladora para la mente del sujeto que le priva de toda capacidad de raciocinio, eliminando y anulando su potencia decisoria, sus libres determinaciones volitivas, siempre ante el choque psíquico originado por un agente exterior, cualquiera que sea su naturaleza; fulminación de conciencia tan íntegra y profunda que impide al agente conocer el alcance antijurídico de su conducta despojándole del libre albedrío que debe presidir cualquier proceder humano responsable”. Esto responde a la caracterización del trastorno mental transitorio que hicimos anteriormente, y es parte de la tendencia universal en la aplicación de esta causal de inimputabilidad.

  1. Argentina.

El Código Penal Argentino, que en su artículo 34 N°1 señala:

“No son punibles:

1º. El que no haya podido en el momento del hecho, ya sea por insuficiencia de sus facultades, por alteraciones morbosas de las mismas o por su estado de inconsciencia, error o ignorancia de hecho no imputables, comprender la criminalidad del acto o dirigir sus acciones.”

El estado de inconsciencia constituye una causa de inimputabilidad, si alcanza el efecto sicológico a que se refiere el inciso primero del artículo 34[22]. Pero como vemos, el código no utiliza la expresión perturbación de consciencia. Al respecto Zaffaroni señala que “ninguna insuficiencia o alteración dejará de producir una perturbación de consciencia, como tampoco se observa una perturbación de la consciencia  que no provenga de alguna insuficiencia o alteración”[23]. De este modo cuando el código hace referencia a la insuficiencia de facultades y alteración morbosa, quiere significar lo mismo que perturbación de la conciencia. Esta perturbación de la conciencia debe hacer imposible la comprensión de la antijuridicidad por parte del sujeto para poder descartar su imputabilidad, sin exigir que obedezca a una causa permanente, toda vez que la perturbación de la conciencia debe ser apreciada en el momento de hecho, importando poco su permanencia o transitoriedad.

Tampoco se menciona la exigencia de una base patológica. Existen autores, como Ricardo Núñez,  que estiman que la formula consagrada sólo alcanza a aquellos trastorno que tienen una base fisiológica, ya que los de base patológica quedarían comprendidos en la enfermedad mental. Por otro lado, Zaffaroni indica que no se requiere el origen morboso o fisiológico de la perturbación, siendo la norma indiferente a la base que origina el trastorno.[24]

Tampoco se hace referencia concreta a si el carácter de este trastorno debe ser profundo. Más aún, hemos dicho anteriormente que no cualquier alteración de la conciencia puede considerarse como causal de inimputabilidad. Será cuestión de determinar el grado de la perturbación para precisar el grado de esfuerzo que debió ser necesario para comprender la criminalidad del acto y dirigir sus acciones, y establecer de este modo, si tal comprensión era o no exigible.  En este sentido, Núñez señala que la ley no exige la pérdida absoluta de la conciencia. Si esto sucede, falta la acción, porque la acción supone un mínimo de participación anímica del sujeto. El estado de inconsciencia exige, empero, una perturbación profunda o en alto grado de la conciencia[25]. Se da también dentro de la doctrina argentina la misma discusión de las acciones libres en la causa, a pesar de no haber una norma que las consagre. Esta discusión será abordada de manera detallada en capítulos posteriores.

Así pues, estamos también ante una formula única que oscila entre un carácter psicológico y mixto. De esta forma, y según Zaffaroni, el estado mental transitorio no suscita grandes problemas en Argentina, en tanto no pasa a ser un caso más de inimputabilidad[26]. Los problemas que suelen plantearse dentro de la doctrina Argentina dicen relación más bien con cuestiones probatorias o con la relación que suele presentar con determinadas enfermedades mentales.

  1. Alemania.

En Alemania, el Código Penal en su §20 señala:

Incapacidad de culpabilidad por perturbaciones psíquicas

Actúa sin culpabilidad quien en la comisión de un hecho es incapaz por una perturbación síquica patológica, por perturbación profunda de la conciencia o por debilidad mental o por otra alteración síquica  grave de comprender lo injusto del hecho o actuar de acuerdo con esa comprensión.

Dentro del concepto de  perturbación profunda de la conciencia, que es utilizado expresamente por la legislación alemana, se abarcan las perturbaciones transitorias de naturaleza patológica y también psíquica.[27] Respecto a esto, Roxin ha señalado es de gran importancia práctica la inimputabilidad o incapacidad de culpabilidad a causa de estados pasionales intensos, que suscita también jurídicamente problemas específicos, aún no esclarecidos definitivamente. Antiguamente la psiquiatría excluía absolutamente la posibilidad de que los estados pasionales psicológicamente normales, es decir, no basados en manifestaciones patológicas, pudieran excluir la imputabilidad. Más aún, hoy se reconoce que puede darse un trastorno de la conciencia en el sentido del § 20 en un sujeto que actúa en estado de excitación extrema, aun cuando el mismo no padezca enfermedad alguna y su estado pasional tampoco vaya acompañado de otras manifestaciones o síntomas de deficiencias. Las ciencias empíricas se han pronunciado en este mismo sentido[28]. De este modo, la legislación alemana marca la tendencia universal de incluir dentro de los trastornos transitorios aquellos que tienen un origen normal y anormal.

Por otro lado, señala Mezger que al estar afectado por esta perturbación, el sujeto puede actuar conscientemente, de modo que son posibles en ellos, acciones complicadas. Con esto, se vuelve a descartar la inconsciencia que era ante exigida expresamente por el antiguo §51[29]  como parte del estado mental transitorio. No existe acto que sustente el delito cuando el sujeto se encuentra en absoluta perdida de la consciencia. Si existe una falta total de conocimiento, no hay penalmente una acción y no se aplica de ningún modo el § 20.

Por otro lado, Maurach y Roxín dejan en claro a qué se refiere el adjetivo “profundo” dentro de la fórmula legislativa. La perturbación debe ser de tal intensidad que la estructura psíquica de la conciencia quede destruida.  Roxín señala que originariamente el legislador había querido expresar lo anterior exigiendo un trastorno de la conciencia “equivalente” al trastorno psíquico patológico. Sin embargo, ello chocó con la protesta de los psicólogos, que veían amenazadas sus competencias por una traslación, aunque fuera sólo analógica, del concepto psiquiátrico de enfermedad a los trastornos de la conciencia de las personas sanas. Así se llegó al acuerdo en la palabra “profunda”, que, sin embargo, materialmente no significaría otra cosa que lo pretendido expresar con la “equivalencia”: el trastorno ha de “ser de tal intensidad que la estructura psíquica del afectado esté destruida o, perturbada”[30] sin, de todas formas, se aniquile su capacidad de actuar.

La doctrina alemana ha abordado distintas hipótesis de perturbaciones profundas de la conciencia, las mismas que hemos nombrado anteriormente en el análisis general del trastorno mental transitorio. Solo cabe destacar lo que Maurach nos dice respecto a los estados pasionales de alto grado (alta excitación por miedo o sexual). Señala que estos pueden llegar a eliminar totalmente la capacidad de imputabilidad, siendo irrelevante si su estado fue o no causado por él, descartando la procedencia de las acciones libres en la causa.

  1. Recepción en Chile. Fórmula del Código Penal Chileno. Críticas.

En su artículo 10, numeral primero, el Código Penal Chileno señala:

Están exentos de responsabilidad criminal:

 1° El loco o demente, a no ser que haya obrado en un intervalo lúcido, y el que, por cualquier causa independiente de su voluntad, se halla privado totalmente de razón.

Con la frase “privado totalmente de razón”, se hace referencia en Chile a la perturbación profunda de la conciencia como causal de inimputabilidad. A diferencia de los casos analizados anteriormente, se regula de manera independiente el trastorno mental transitorio y el permanente. Al primero se hace referencia al declarar inimputable al “loco o demente”, entendiendo por este, a quien sufre de una enfermedad mental de base patológica que perturba las funciones psíquicas del sujeto. Se encuentran aquí los  enfermos que sufren anomalías de orden patológico o psicológico que afectan a la “lucidez”, pues si obró en un “intervalo lúcido” es imputable. Lucidez es claridad de razonamiento, de modo que la expresión locura o demencia alude a los enfermos mentales que carecen de claridad en su razón o juicio[31]. El segundo se encuentra plasmado en la última parte del numeral transcrito, al referirse a quien se halla privado totalmente de razón. Este último se diferencia de la enajenación mental, puesto que se alude a un estado temporal, ya que el sujeto no era, “antes ni después de cometido el hecho, un enajenado y, por ende, no tiene secuelas posteriores.[32]

El lenguaje de la ley sugiere que esta privación de la razón sólo ocurre cuando el sujeto tiene perturbada sus facultades intelectuales  dejando afuera las perturbaciones de la voluntad. De esta forma, sería necesario que la privación total de la razón tenga una base anormal o patológica, excluyendo aquellas hipótesis que solo cuentan cuna base fisiológica o normal. Esto ha recibido numerosas críticas por parte de la doctrina. En efecto, se ha recalcado que millares de individuos pueden enfrentar cotidianamente los estímulos exógenos y endógenos, sin necesidad de un elemento patológico como base, señalado que “los límites de tolerancia o resistencia ante situaciones traumáticas o conflictivas en los seres humanos no se pueden estandarizar, y el hecho que un sujeto se quiebre antes que otro, o que el quiebre presente formas y características diversas, no estamos en pie para afirmar que estamos ante alguien poseedor de un fondo patológico”[33], de caso contrario, se estará poniendo en grave peligro el principio de culpabilidad, ya que existen casos en que el trastorno mental transitorio es posible sin ella. Fernando Velásquez declara derechamente que no es necesaria la concurrencia de una base patológica para que opere esta causal de inimputabilidad.[34]

Una de las consecuencias que traería el exigir una base patológica en la perturbación de la conciencia del sujeto es que la concurrencia de esta causal sólo implicaría la intervención de un perito que estableciera en juicio la concurrencia de tal base patológica. Más aún, varios autores[35] han dado a esta norma una interpretación progresiva, que de cierta forma introduce elementos psicológicos y volitivos al trastorno mental transitorio. Se señala que el legislador se ha referido a todas las hipótesis de perturbación mental, sea que afecten primordialmente las funciones intelectuales o volitivas, y que tal defecto en la redacción de la norma se debió a que el desarrollo científico de la época no permitía distinguir  los distintos tipos de actividad psíquica[36]. De este modo, junto con el elemento biológico de la privación total de la razón se añaden otros de carácter psicológico que hayan privado al sujeto de la capacidad de representarse el bien jurídico o de actuar conforme a dicha representación. Así, el problema de la inimputabilidad no lo establece sólo un médico o psiquiatra, sino el juez conforme al juicio normativo que realiza.

Abrazando estas interpretaciones que dan mayor amplitud al trastorno mental transitorio, la doctrina ha identificado distintos elementos necesarios para la concurrencia de este como causal de inimputabilidad. En primer lugar se deben perder las facultades intelectuales y volitivas, esto es la aptitud de conocer o comprender y la de obrar de acuerdo a tal comprensión; normativamente la palabra “razón” debe equipararse a la expresión conciencia, interpretación que en la situación en comentario resulta valedera[37]. En segundo lugar,  la pérdida del poder razonador debe ser total; si sólo es parcial, se daría un estado de imputabilidad disminuida (arts. 11 Nº 1º y 73).  Finalmente la ausencia de razón debe tener como causa circunstancias ajenas a la voluntad del afectado, y su origen puede ser doloso, culposo o fortuito. Este último requisito tiene como objetivo dar consagración normativa al principio de las acciones libres en la causa.[38]

[1] Bustos, Juan y Hormazabal, Hernán. Lecciones de Derecho Penal. Trotta. Madrid, 1999. T II. p., 354-358.

[2] Zaffaronni. Eugenio Raúl. op., ed. et vol. cits., p. 130

[3] Roxin, Claus, Derecho Penal: Parte General, Civitas, Madrid, T. I, p.829.

[4] Prambs Julian, Claudio, El tipo de culpabilidad en el código penal chileno, Metropolitana, Santiago 2005. p. 217.

[5] Cury Urzúa. Enrique. op. cit., p. 422.

[6] Roxin, Claus, op., et vol cits, p. 828.

[7] Zaffaronni. Eugenio Raúl. op., ed. et vol. cits., p. 121.

[8] Maurach, Reinhart, Derecho Penal Parte General, Astrea de Alfredo y Ricardo Depalma, Buenos Aires, 1994, p. 613.

[9] Frías Caballero. Jorge. op. cit., p. 227.

[10] Zaffaronni. Eugenio Raúl. op., ed. et vol. cits., p. 123.

[11] Ibídem.

[12] Roxin, Claus, Derecho Penal: Parte General, Civitas, Madrid, T. I, pp. 828-829.

[13] Frías Caballero. Jorge. op. cit., p. 229.

[14] Maurach, op cit., p.614.

[15] Mezger, Edmund Tratado de Derecho Penal, Bibliográfica Argentina, Buenos Aires  1958, t. I. p. 212.

[16] Zaffaronni. Eugenio Raúl. op., ed. et vol. cits., p. 134

[17] Mezger, Edmund, op. et vol. cits., p. 212.

[18] Zaffaronni. Eugenio Raúl. op., ed. et vol. cits., p. 135.

[19] Maurach, op. cit., p.213.

[20] Blanco Lozano, Carlos, Tratado de derecho penal español, Universidad de Sevilla, Sevilla. T. i, p. 48.

[21] Ibídem.

[22] Núñez, Ricardo, Manual de Derecho Penal, Marcos Lerner Editora, Córdoba, 1999, p. 183.

[23] Zaffaronni. Eugenio Raúl. op., ed. et vol. cits., p. 131.

[24] Ídem.

[25] Núñez, op. cit., p. 184.

[26] Zaffarni op., ed. et vol. cits., págs.134-135.

[27] Mezger, Edmund, op. cit., p. 212.

[28] Roxin, op., et vol cits, págs.828-829.

[29] Maurach, op. cit., p.613.

[30] Roxin, op., et vol cits, p. 829.

[31] Garrido Montt, Mario, ob. Cit., p. 270.

[32] Politoff, Sergio, Derecho Penal, Jurídica Conosur, 1997, Santiago, p.307.

[33] Naquira Riveros, Jaime. op., ed. et vol. cits., p. 374.

[34] Velásquez, Fernando, Derecho Penal Parte General, Jurídica de Chile, Santiago 2011, t.III, p.1009.

[35] Entre ellos Jaime Náquira y Enrique Cury.

[36] Cury,  op., cit, 422.

[37] Garrido Montt, Mario, ob. Cit., p. 290.

[38] Ídem, p, 292

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