Algo así como una reflexión

Debí analizar lo primero que envié a esta página. O al menos eso pensé cuando me pidieron analizar la primera columna enviada a Lexweb. No sabía si analizar la primera enviada como columnista, o aquella primera columna que envié sin ser columnista y por la que terminé siéndolo.

En fin, como columnista presenté un escueto análisis del concepto de obediencia dentro del derecho penal. Por otro lado, sin serlo, ya había enviado una suerte de apertura de debate acerca de la posibilidad de atenuar la responsabilidad de sujetos que, por la violencia, reaccionan con violencia.

Luego de un rato, ya sin saber qué columna analizar, opto por intentar analizar ambas. Y claro, no pude hacerlo.

Pero, en ese fracaso, entiendo que vienen de cierto centro común; yo. Y, como su “autor”, reflejan la pretensión de comunicar desobediencia.

El primer texto (la atenuante en favor de un grupo de encapuchados) fue redactado con algo de calor; había participado de esa manifestación y, como tal, había recién sufrido las clásicas arremetidas de la violencia policial anti disturbios. Es por eso que nació en mi la idea de ofrecer una presentación de al menos un argumento, jurídicamente plausible, a favor de quienes agredieron a estos verdaderos perros guardianes de la obediencia estatal; la policía. De allí su vinculación a la segunda columna; la (des)obediencia.

Sin embargo, recién ahora lo veo, la idea de enfrentar a lo que creo una (lamentable) obediencia generalizada (burda, tosca, autómata) hacia el Estado estaba relacionada también con el hecho de ser (en ese entonces) estudiante de Derecho. Con esto me refiero al contexto discursivo en el que se encuentra ubicado el Estudio del Derecho; es difícil encontrarse con estudiantes de Derecho que entiendan su estudio de una manera crítica. De una manera capaz de lograr que, precisamente, por el estudio (y bueno también, por la práctica) como estudiantes de Derecho, uno sea capaz de desobedecerlo. Y más aún, de comprender, a partir -también- del estudio, cuestiones tan cruciales como, por ejemplo, la situación de ilegitimidad a la que se ve expuesto un orden normativo como el chileno; me refiero al tema de la democracia y el motivo por el cual deban obedecerse sus reglas; me refiero al tema por el cual podemos constatar que, en efecto, la historia del constitucionalismo jamás ha sido una historia de representación y participación transversal de la sociedad;  y me refiero también al hecho de que por estos y otros factores puede concluirse, sin mucho esfuerzo, que no hay razones para la obediencia de un sistema como este.

Y bueno, dado que ambas columnas (y bueno, también el resto de las que he mandado a la página) forman parte de este orden de ideas, es que puedo constatar, a través de la convicción con la que las escribo, que precisamente por esto es que generalmente son rechazadas. Los comentarios tienden a manifestarse en contra de lo escrito. Y esa tímida opción que se le ofrece a un lector para decir solamente si la columna le gusta o no que manifiesta lo escueto de su capacidad argumentativa está generalmente señalada, para mis columnas, en términos desfavorables; no les gusta, podríamos concluir.

Y bueno, si no les gusta ¿Cómo es que no debaten? ¿Será que los adversarios a estas ideas son idiotas? ¿O será, sencillamente, que sienten que una discusión como la jurídica es de carácter técnico y no político? Ya no recuerdo si es la palabra idiota o, la palabra imbécil, la que designa a un sujeto indiferente a lo político de su rol social. Si es imbécil, desde ya corrijo la primera pregunta. Pero, sea cual sea, que le caiga a quien lo merezca. Y así lo invito, también, a criticar más.

Porque es por esto que siento que este sitio se ha vuelto estéril. No sé hasta qué punto nos sirve enlistar reflexiones en un blog al cual el público llega en actitud pasiva, como si fueran a esos malos cines a ver otra mala película.

Si estamos en la segunda hipótesis, asumo desde ya los defectos de mis columnas (o películas, malas películas). Pero, entiéndase también, asumo desde ya que quienes asisten así a leer una columna, o a ver una película, no tienen nada que aportar.

 

Pablo Rojas

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